Caida de Azoun IV desde la guardia... (Texto propio sobre novela)

 Una guardia entre sombras y sangre...

No hacía mucho que había entrado en el destacamento de la Guardia Real, un gran honor para un hijo de un noble menor como él. La emoción cubría cada día, aunque el trabajo en el castillo era algo monótono: una patrulla nada más hacer el relevo, la mañana en la sala de espera, una patrulla antes de comer, media tarde en la sala de espera, recibir el relevo y a descansar al cuartel. Días largos con un ambiente tranquilo en tiempos de paz.

Una de las mañanas se puso a observar a su alrededor. Cierto era que los más novatos no entendían mucho la importancia de aquella sala; pero si observabas a los veteranos, la tensión parecía impregnar el ambiente. El joven curioso empezó a observar la sala con detenimiento: era un salón austero con una única puerta y en su centro, un conjunto de mesas que parecían estar clavadas al suelo donde justo entraba el turno completo, compuesto de cincuenta dragones y cinco magos de batalla. Un salón situado en una de las partes más profundas del castillo, sin ventanas y quizás con una de las cosas más extrañas que él había visto nunca. Justo en el lado contrario a la puerta, una escalera de roca pulida ascendía hasta media pared. Era una pared donde no había puerta; de roca como la misma escalera, como si de un error de arquitectura se tratara, una simple escalera que no llegaba a ninguna parte. Su mente se perdió en sus tiempos en la academia, recordando los cometidos de la Guardia Real: proteger al rey con su vida; algo que en una sala en lo más profundo del castillo no le parecía ahora tan increíble.
 
Los días pasaban de forma inexorable y los más jóvenes se relajaban cada vez más. Alguno incluso había pedido quitarse las botas en las largas esperas; pero solo habían recibido una rotunda negación y una mirada iracunda de alguno de los sargentos. Otra cosa que le chocaba, el sargento de su destacamento era un hombre alegre, con un aspecto taimado pero que con su buen carácter sumado a sus canas, parecía siempre el tipico tio lejano que te da unas monedas de oro para la taberna mientras con un par de palmaditas en la espalda te dice lo bien que has crecido. Nada que ver con el hombre que se sentaba ahora en la primera silla de su mesa de la sala de espera, con la cara congelada en una mueca de seriedad. En la sala de espera no bromeaba; simplemente se preocupaba de que todos tuvieran el equipo listo y que ninguno se durmiera en la silla.
 
Pensó alguna vez en preguntar por el asunto; incluso alguna noche casi no pudo dormir dándole vueltas pero evadió el tema de su mente. Era una disonancia del día a día que parecía no cambiar nunca, hasta que lo entendió todo.
 
Era un día como otro cualquiera, una espera más en esa sala sin ventanas, una calma rota por un zumbido ensordecedor… De repente, justo sobre la escalera, apareció una especie de moneda plateada. Un chisporroteo que empezó a girar. Todos los ejercicios de despliegue en esa oscura sala tomaron sentido, los sargentos y comandantes de cada destacamento sentados cerca del pasillo central empezaron a prepararse al unísono.
 
La moneda empezó a girar y a crecer. Sin prisa, pero sin pausa, el portal fue tomando forma y justo cuando estaba llegando a su tamaño máximo entró un grupo más en la sala. Dos clérigos con túnicas plateadas y azules entraron escoltando a un hombre mayor con una gruesa túnica marrón rojiza. Sin duda era una cara que le sonaba de libros y cuadros.
 
- Vangerdahast, es la varita emergencia de Thomdor.- Dijo uno de los clérigos con un hilo de voz ahogado por el miedo.
 
El mago no respondió a las palabras y con una voz que parecía tener magia en cada letra, empezó a gritar órdenes que retumbaban en toda la sala. Como un único ser, las sesenta figuras se empezaron a mover al unísono. Como una serpiente que se contrae y se entiende, las filas entre las mesas se movieron sin un error, sin un paso en falso. Habían entrenado para ese momento; habían entregado su vida a ese momento y, aun con toda esa preparación, cuando atravesó el portal de plata la escena le congeló el corazón.
 
La zona boscosa parecía un campo de batalla. Al pasar por el portal, las dos primeras escuadras atravesaron la escena sin mirar a nada. Su función era crear un perímetro, una protección para lo que estaba por llegar. Su escuadra y la cuarta fueron las que se encontraron con la escena dantesca: varios caballos destripados, la flora de la zona destrozada y en el suelo casi inerte las tres figuras. Al más joven no lo reconoció y, aunque parecía algo mareado y tenía un extraño color de piel, seguía consciente, aunque decía palabras sin sentido. Siguió avanzando y ahí lo encontró. El barón Thomdor de Arabel, Guardián de las Marcas Orientales y Real Mano Derecha del rey Azoun IV de Cormyr yacía en el suelo, con la mirada perdida en el infinito, varias heridas sangrantes y una especie de espuma verdosa saliendo de la boca. Su mente se bloqueó. Thomdor era uno de los mejores guerreros de Cormyr, un hombre increíble y que había dedicado su vida a acompañar al… Cómo del que recuerda que ha perdido algo importante, los nervios se apoderaron del joven. Siguió la mirada del guardián, esperando no encontrar nada, “que sea una mirada perdida”, rezó. Pero sus temores se hicieron realidad: el rey estaba tendido en el suelo. Quiso gritar, pero la voz no salió. Quiso correr hacia Azoun IV, pero las piernas no le respondieron. Unos segundos que parecieron minutos. Su mente solo pudo observar al monarca en el suelo, como un muñeco que no se movía. Entonces de su garganta solo emergieron dos sílabas, como estallando en un grito brutal, “¡¡A mí!!” No hizo falta más. Como un relámpago que rompe la noche de forma instantánea, Vangerdahast apareció al lado de él. Colocó una mano en su hombro, un roce de segundos que transmitió un sentimiento de aprobación del mago al joven dragón y pasó de largo hacia el rey.

Al ver llegar al mago hasta el monarca caído, la tensión que sujetaba las piernas del dragón se fue. El sonido de las rodilleras de metal contra el suelo sonó lejos; su mente solo tenía un pensamiento en mente. Ya entendía la tensión en la sala de espera y no volvería a tomarse ese servicio a la ligera.



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